¿Una especie en expansión?

El lobo ibérico (Canis lupus signatus) es una subespecie exclusiva de la Península Ibérica, al igual que ocurre con otros animales emblemáticos como el lince y el águila imperial. En el siglo XIX se distribuía prácticamente por todo el área peninsular.

En Portugal la especie está estrictamente protegida desde el año 1988 y en España está protegida de forma genérica, de acuerdo al artículo 52.3 de la Ley del Patrimonio Natural y la Biodiversidad. Además, las comunidades autónomas de Andalucía, Castilla La Mancha y Extremadura, han reconocido a la especie como “en peligro de extinción”. Sin embargo, resulta paradójico que al norte del río Duero el lobo puede ser objeto de medidas de gestión, incluyendo su caza.

En los últimos años, la presión que se ha ejercido sobre la población de lobo, posiblemente ha sido uno de los factores que ha empujado a algunos individuos a desplazarse y colonizar nuevos territorios. La llegada del lobo a áreas donde estaba ausente, ha generado la impresión de que los lobos están en aumento y en expansión. Los datos oficiales, por el contrario, confirman que su “censo” se ha mantenido prácticamente invariable en los últimos veintiséis años. La primera aproximación, para evaluar la situación del lobo en nuestro país, se produjo en el bienio 1987 y 1988. Sus autores calcularon la existencia de 294 grupos familiares, distribuidos en 100.000 km2. En los años 2012-2014 se hizo una nueva estimación y se concluyó que la población se situaba en torno a las 297 manadas, ocupando un área de distribución de 91.000 km2.

El tamaño medio de una manada en Iberia es de 7 u 8 ejemplares, por lo que se calcula que la población total de lobos se estima entre 2.000 y 2.500 individuos.

Por otro lado, el tamaño medio de camada, es decir, el número de cachorros que nacen en cada manada, es de 4 o 5 lobeznos. Tomando la cifra más baja, cuatro cachorros, podemos estimar, sin temor a equivocarnos en exceso, que en los últimos 30 años han debido nacer en España al menos 36.000 lobos. Si la población no ha aumentado, debe haber muerto la misma cantidad de animales.

La gran pregunta es…¿Cuánto tiempo puede soportar, una población tan pequeña, un nivel de eliminación de ejemplares tan alto, antes de extinguirse?

El modelo de gestión actual, que permite perder tantísimos ejemplares, hace que se empobrezca la escasa diversidad genética de la población. La pérdida de dicha diversidad genética se acelera por el hecho de que la mayoría de los ejemplares son cazados antes de que tengan la oportunidad de reproducirse, por lo que no tienen la posibilidad de transmitir sus genes a la siguiente generación. Eso se traduce en un aumento progresivo de la endogamia que, a largo plazo, trae problemas de inmunodeficiencia y reproductivos, y termina condenando al lobo ibérico a la extinción futura.

Estos argumentos son suficientes para proponer un nuevo modelo de gestión de la especie que, por un lado, garantice la conservación de la diversidad genética de la población, y por otro, permita la recuperación de la especie en aquellas comunidades autónomas donde está declarada en peligro de extinción.

Así mismo, las administraciones ambientales deben promover la adopción de medidas preventivas para la defensa del ganado doméstico y evitar así los ataques de lobo y el conflicto con los ganaderos.

El lobo es una especie clave en los ecosistemas ibéricos, que no tiene sustituto posible. Debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano para garantizar su conservación y legarlo a las generaciones futuras.

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